El verano no solo pone a prueba al piloto, también exige al máximo dos componentes clave de la motocicleta: los frenos y los neumáticos. Las altas temperaturas, el asfalto recalentado y el uso intensivo pueden alterar su comportamiento, reduciendo el rendimiento y aumentando los riesgos si no se toman las precauciones adecuadas.

En el caso de los frenos, el calor excesivo puede provocar lo que se conoce como fatiga o fading, una pérdida progresiva de eficacia cuando las pastillas y el líquido de frenos alcanzan temperaturas muy elevadas. En ciudad, el tráfico constante y las frenadas repetidas agravan este fenómeno, mientras que en carretera se vuelve crítico en descensos prolongados. Mantener el sistema en buen estado, con pastillas y líquido dentro de los intervalos recomendados, es fundamental para una respuesta segura.

Los neumáticos también se ven directamente afectados por el calor. El asfalto caliente incrementa la temperatura del caucho, lo que modifica el nivel de agarre y acelera el desgaste. Una presión incorrecta, especialmente por debajo de lo recomendado, puede generar un sobrecalentamiento adicional, deformaciones e incluso fallas estructurales. Revisar la presión en frío y usar neumáticos adecuados al tipo de uso y clima es clave durante el verano.

Además, el calor intensifica el desgaste irregular. Bordes más gastados, pérdida de dibujo y una sensación de menor estabilidad son señales de alerta que no deben ignorarse. En motos que circulan a diario o realizan viajes largos, estas condiciones se acentúan y exigen revisiones más frecuentes.

Conducir de forma progresiva, anticipar frenadas y evitar exigencias innecesarias ayuda a reducir la carga térmica sobre frenos y neumáticos. En verano, entender cómo el calor influye en estos componentes no solo mejora el rendimiento de la moto, sino que marca la diferencia entre un trayecto seguro y una situación de riesgo.




